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Historia de un joven en su intento de ser monje.

“Éste, se dirigió a su padre espiritual y le dijo así: 

 —    Padre, ¿qué puedo hacer? Mi alma se pierde. 

 —    ¿Por qué, hijo mío?— le dijo el anciano. 

 —    Cuando yo estaba en el mundo, ayunaba, iba a Misa, hacía vigilias. Sentía a Dios, tenía calor en el corazón y mucho fervor. Mientras que ahora, no tengo nada. No veo en mí bien alguno— le dijo el joven. 

 —    Créeme, hijo mío; todo lo que hacías entonces era vanagloria, la alabanza de los hombres te daba el coraje para hacerlo. Esto no era agradable a Dios. Tampoco Satanás te hacía la guerra… Pues te diré que un solo Salmo que tú digas ahora en este situación, luchando como soldado, complace más a Dios que mil Salmos que decías cuando estabas en el mundo. 

 El joven le interrumpió diciendo: 

 —    Pero padre, si yo ya no ayuno nada, si ya no rezo; si todos los bienes que yo tenía antes me han sido quitados: la oración, el ayuno, el amar a Dios, el sentimiento, no tengo nada, no hago nada absolutamente. 

 Y el anciano le dijo: 

 —    Lo que tienes es suficiente; persevera solamente. 

 Pero el hermano insistía y decía: 

 —     Ciertamente, padre, mi alma se pierde.  

 El anciano respondió: 

 —    Créeme, hermano; no quería decírtelo para no hacerte daño. Más viendo que estás cayendo en la desesperación por instigación del demonio, te lo voy a decir: el solo hecho de pensar que eras cristiano y que llevabas una vida virtuosa cuando estabas en el mundo, era orgullo. De este modo el fariseo perdió todos los bienes que había ganado. Al contrario, ahora que te consideras como si no hubiera absolutamente ningún bien en ti, como si fueras nada, que no te sientes cristiano absolutamente, esto basta para tu salvación. Porque esto se llama humildad. Y así fue justificado el publicano, que no había hecho ningún bien; pero reconoció que era un pecador. Porque un hombre pecador y negligente, a condición que tenga contrición de corazón y la humildad, agrada más a Dios que aquél que hace muchas cosas buenas, pero que en su corazón considera que él hace el bien y que es alguien, con respecto a ser cristiano. 

Ante estas palabras el hermano hizo una inclinación y dijo al anciano: 

—    Hoy, padre, has salvado mi alma.[1] 

  

   

Y la mía. Nunca ha dejado de impresionarme la maestría de este texto. 


 

[1] Dichos y hechos de los Padres del Desierto

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